Júbilo y más júbilo
Finalmente el 4 de febrero cesé como funcionario y el lunes, día 5 de febrero redescubrí la libertad: la de despertarme pronto, la de desayunar sin prisas, la de hacer desaparecer el reloj de mi muñeca, la de marchar en la dirección que me apetezca, la de emplear mi tiempo en disfrutar de las cosas.
Lo primero que me sorprendió fue verme caminar tan tranquilo por las calles de Zaragoza a una hora temprana y digna sin correr para coger autobuses o llegar a las clases. Simplemente desplazando mi cuerpo al ritmo de mi respiración y de mis ganas, contemplando alrededor y disfrutando del aire frío de este febrero helador.
Y tras estos días de prueba he experimentado (me gustaría decir que he recuperado, pero no tengo muy claro haberlo experimentado con tanta intensidad como ahora) la sutil sensación de que, al acabar el día, mi corazón estaba satisfecho de cómo había aprovechado los minutos, las escenas, las circunstancias que me habían rodeado en esas horas. La amplitud temporal que he experimentado me ha sorprendido, acostumbrado a estar entre cuatro paredes y rodeado de gente durante toda la mañana y luego correr por la tarde para llegar a las otras clases.
El lunes, día de alerta naranja por vientos y nieves, me escapé con mi amigo José al pueblo, a revisar la casa y recoger ropa y herramientas de trabajo que allí tengo. El viaje fue maravilloso, la belleza de la nieve rebosando e instalándose en los campos y los tejados fue inenarrable. Mi primera sensación fue de extrema libertad: estar donde quería, con un entorno privilegiado como es el del Moncayo, con una nieve rotunda y envolvente, con una casa que te recibe con amor y con familiaridad...
Bueno, pues el miércoles estuve en el huerto por segunda vez, con el fin de revisar los bancales, el riego, las necesidades más urgentes y organizarme para empezar a darle vida. Me encontré con un día de cierzo, frío frío y realmente incómodo para absolutamente nada que no fuera salir de allí corriendo.
Como resumen de la mañana diré que conocí a José, un vecino de huerto absolutamente amable y sevicial, que me prestó unas tijera de podar para limpiar un romero sobrecrecido y un tomillo espeluchado; y más tarde me dejó un serrucho para cortar un par de cardos espontáneos que han nacido en uno de los bancales.
Me aconsejó proteger el huerto contra los vientos y poner algún tipo de malla conejera que lo proteja de posibles conejos. Medí los bancales y Jacinto, el encargado, se comprometió a preparar la unión del grifo del riego a la instalación de riego por goteo que ya existía, pero que estaba también vinculada al huerto de al lado, ya que debía su antiguo arrendador tener los dos bajo sus manos.
Finalizada la tarea, me escapé rápidamente a lugares más cálidos: Bauhaus y BricoDepot, en la carretera de Logroño, para ver herramientas, postes, maderas y demás mercancías relacionadas con los jardines y los huertos. Una vez hecha la inspección, valorado el coste y las mercancías que necesitaré, me volví a casa tan feliz del deber cumplido y con algo de ansiedad por empezar a trabajar en la renovación de la infraestructura del huerto.
El próximo lunes compraré los postes y el cañizo y el miércoles lo instalaré adecuadamente si no llueve o hace viento, que son los verdaderos enemigos de mis decisiones.
Por cierto, el cardo (o los cardos) espontáneo que se ven en la foto hicieron las delicias de nuestra mesa al día siguiente y realmente estaban finos, delicados y sabrosos.
Dejo unas fotos del huerto tal y como lo vi y retraté.
Lo primero que me sorprendió fue verme caminar tan tranquilo por las calles de Zaragoza a una hora temprana y digna sin correr para coger autobuses o llegar a las clases. Simplemente desplazando mi cuerpo al ritmo de mi respiración y de mis ganas, contemplando alrededor y disfrutando del aire frío de este febrero helador.
Y tras estos días de prueba he experimentado (me gustaría decir que he recuperado, pero no tengo muy claro haberlo experimentado con tanta intensidad como ahora) la sutil sensación de que, al acabar el día, mi corazón estaba satisfecho de cómo había aprovechado los minutos, las escenas, las circunstancias que me habían rodeado en esas horas. La amplitud temporal que he experimentado me ha sorprendido, acostumbrado a estar entre cuatro paredes y rodeado de gente durante toda la mañana y luego correr por la tarde para llegar a las otras clases.
El lunes, día de alerta naranja por vientos y nieves, me escapé con mi amigo José al pueblo, a revisar la casa y recoger ropa y herramientas de trabajo que allí tengo. El viaje fue maravilloso, la belleza de la nieve rebosando e instalándose en los campos y los tejados fue inenarrable. Mi primera sensación fue de extrema libertad: estar donde quería, con un entorno privilegiado como es el del Moncayo, con una nieve rotunda y envolvente, con una casa que te recibe con amor y con familiaridad...
Bueno, pues el miércoles estuve en el huerto por segunda vez, con el fin de revisar los bancales, el riego, las necesidades más urgentes y organizarme para empezar a darle vida. Me encontré con un día de cierzo, frío frío y realmente incómodo para absolutamente nada que no fuera salir de allí corriendo.
Como resumen de la mañana diré que conocí a José, un vecino de huerto absolutamente amable y sevicial, que me prestó unas tijera de podar para limpiar un romero sobrecrecido y un tomillo espeluchado; y más tarde me dejó un serrucho para cortar un par de cardos espontáneos que han nacido en uno de los bancales.
Me aconsejó proteger el huerto contra los vientos y poner algún tipo de malla conejera que lo proteja de posibles conejos. Medí los bancales y Jacinto, el encargado, se comprometió a preparar la unión del grifo del riego a la instalación de riego por goteo que ya existía, pero que estaba también vinculada al huerto de al lado, ya que debía su antiguo arrendador tener los dos bajo sus manos.
Finalizada la tarea, me escapé rápidamente a lugares más cálidos: Bauhaus y BricoDepot, en la carretera de Logroño, para ver herramientas, postes, maderas y demás mercancías relacionadas con los jardines y los huertos. Una vez hecha la inspección, valorado el coste y las mercancías que necesitaré, me volví a casa tan feliz del deber cumplido y con algo de ansiedad por empezar a trabajar en la renovación de la infraestructura del huerto.
El próximo lunes compraré los postes y el cañizo y el miércoles lo instalaré adecuadamente si no llueve o hace viento, que son los verdaderos enemigos de mis decisiones.
Por cierto, el cardo (o los cardos) espontáneo que se ven en la foto hicieron las delicias de nuestra mesa al día siguiente y realmente estaban finos, delicados y sabrosos.
Dejo unas fotos del huerto tal y como lo vi y retraté.





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