Huerto jubilar

Ayer, 26 de enero, cumplí sesenta años. Antes de ayer, en los sotos de al lado del Canal, en un terrero dedicado a huertos urbanos, alquilé un huerto de cincuenta metros cuadrados. Mi única expectativa es la de disfrutar del aire libre y de la naturaleza. Sé que la tierra produce con solo dejarla a su marcha: lo he comprobado muchas veces en el huerto del pueblo, donde tenemos trescientos metros cuadrados de magnífica tierra, pero hay problemas de agua, porque los del pueblo riegan cuanto y cuando quieren y a los foráneos solo nos queda esperar a que ellos quieran darnos la vez. Decidí hace años que no iba a solucionar el problema, así que alli está el huerto, tranquilo y siguiendo los mandatos de su naturaleza. Dando cobijo a toda suerte de seres vivos y alimentando los ciclos nutricionales. Cada año lo limpio y lo labro, en el verano. Y dejo que la Vida haga todo lo demás.

Este trozo de huerto que acabo de alquilar es mi paraíso, debo decirlo. Me va a servir para tomar el aire, para tocar la tierra, para conectar con las plantas, con los otros hortelanos vecinos... me va a permitir dedicarme a lo que más me apetece últimamente: pintar acuarelas. Es mi Paraíso, repito, pero también es mi excusa perfecta para hacer lo que me gusta y deshacerme del reloj.

Y además está cerca de casa: ¡qué más puedo pedir!

Lo que no he dicho es que el próximo viernes, dos de febrero, es mi último día de trabajo. El domingo, cuatro de febrero, ceso en mi labor de funcionario docente y me alejo definitivamente de las aulas, de los estudiantes y de los colegas. A partir de ese momento dejarán de ser todo eso para ser amigos, conocidos o simplemente humanos con los que me cruce. Es un momento que vengo anunciando desde hace treinta y tres años y medio, pero a pesar de todos los avisos, hasta yo -persistente pregonero- me encuentro expectante. No hay grandes nervios ni inquietudes, solo expectación por verme libre al fin de relojes, de tiempos, de horas de encierro y de papeles, informes y reuniones.

Lo he bautizado como mi Paraíso, aunque sea de alquiler. No sé si hay Paraísos más allá de lo que veo, ni siquiera me lo planteo demasiado. No entiendo de esos paraísos, ni siquiera de los inducidos por drogas o alcoholes. Pero este mío, tan pequeño y tan abierto, me es más que suficiente.

El día cuatro, empiezo.

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